La sensación del paso del tiempo –la sensación de que los acontecimientos fluyen del futuro al presente y al pasado– está profundamente arraigada en la experiencia humana. Hablamos del tiempo “volando” o “no esperando a nadie”, como si fuera una fuerza tangible. Sin embargo, esta percepción puede tener menos que ver con una verdad externa y más con cómo nuestra mente interpreta la realidad. La investigación filosófica y científica sugiere que el tiempo, tal como lo experimentamos, no es un aspecto fundamental del universo sino más bien una proyección psicológica.
Escepticismo antiguo y física moderna
El cuestionamiento de la naturaleza inherente del tiempo no es nuevo. Los filósofos antiguos como Parménides desafiaron la idea misma de cambio, preguntando cómo algo podía pasar de la no existencia (el futuro) a la existencia (el presente) sin contradicción. Siglos más tarde, Isaac Newton postuló el tiempo como una entidad universal y fluida, un reloj objetivo que recorre el cosmos.
Pero las teorías de la relatividad de Albert Einstein destrozaron esta noción. La relatividad demostró que el tiempo no es absoluto sino relativo al marco de referencia del observador. La velocidad de la luz permanece constante independientemente del movimiento, lo que significa que dos observadores que se mueven a diferentes velocidades experimentarán el tiempo de manera diferente. Un rayo simultáneo para una persona puede ocurrir en momentos separados para otra; ninguno de los dos es “incorrecto”, solo está ubicado de manera diferente en el espacio-tiempo.
Esto lleva a una conclusión radical: bajo la relatividad, todos los momentos en el tiempo son igualmente reales. El pasado, el presente y el futuro no fluyen; simplemente son. Este concepto, conocido como eternismo, es ampliamente aceptado tanto en la física como en la filosofía. Si nada cambia fundamentalmente, entonces la sensación del paso del tiempo debe venir de otra parte.
La ilusión del paso: proyección, no percepción errónea
Una explicación común etiqueta el paso del tiempo como una “ilusión”, implicando que nuestro cerebro simplemente está engañado. Sin embargo, un planteamiento más preciso sugiere que se trata de un concepto erróneo : un error cognitivo en la forma en que interpretamos la experiencia.
Considere el color: una rosa no es inherentemente roja; refleja la luz en una determinada longitud de onda, lo que desencadena una experiencia visual que denominamos “enrojecimiento”. El enrojecimiento no está en la rosa sino en nuestra percepción de ella. De manera similar, el paso del tiempo no es una propiedad del universo sino un subproducto de cómo estructuramos nuestros recuerdos y expectativas.
Nuestros cerebros construyen una narrativa de cambio, recordando eventos pasados y anticipando los futuros. Esto crea la sensación de flujo, aunque no esté pasando ningún tiempo objetivo. La sensación es real para nosotros, pero no fundamental para la realidad.
Perspectiva y Realidad
Así como un GPS puede representar con precisión nuestra ubicación sin poseer conciencia, nuestra percepción del tiempo es una representación útil, no una verdad absoluta. No podemos describir el mundo sin hacer referencia al tiempo, del mismo modo que no podemos describir una rosa sin mencionar su color. Sin embargo, confundir nuestra perspectiva con la realidad es el error central.
El paso del tiempo está indisolublemente ligado a cómo los humanos entienden y experimentan el mundo. Cualquier descripción de la realidad que construyamos estará inevitablemente filtrada por nuestra perspectiva subjetiva. Reconocer esta distinción aclara que el tiempo no es una característica del universo; es una característica de nuestras mentes, una herramienta indispensable para navegar la existencia.
En última instancia, la creencia en el paso del tiempo no es una percepción errónea sino una proyección necesaria. Así es como le damos sentido al mundo, incluso si ese sentido no se alinea con la física subyacente.
