En noviembre de 1967, una estudiante de posgrado llamada Jocelyn Bell Burnell hizo un descubrimiento sorprendente que cambiaría nuestra comprensión del universo: la primera evidencia de púlsares, estrellas de neutrones que giran rápidamente y emiten haces de ondas de radio. Sin embargo, el Premio Nobel por este avance fue para su asesor, Antony Hewish, lo que desató décadas de debate sobre el crédito y el reconocimiento en la investigación científica.
El descubrimiento accidental
Bell Burnell estaba analizando meticulosamente los datos de un radiotelescopio recién construido en el Observatorio de Radioastronomía Mullard en Inglaterra. El telescopio en sí era una configuración poco convencional: una extensa red de alambres y cables, que se asemejaba a un marco de planta de guisante gigante, diseñado para escanear los cielos en busca de débiles señales de radio. Trabajando casi sola, notó un peculiar “descuello” recurrente en los datos, una señal que ella apodó en broma “LGM” (pequeños hombres verdes) como marcador de posición para una fuente desconocida.
Durante semanas, esta señal persistió, apareciendo de forma intermitente desde una región específica del espacio. Cuando llevó sus hallazgos a Hewish, la respuesta fue desdeñosa: la anomalía probablemente era solo ruido y necesitaba un equipo de grabación más eficiente. Pero Bell Burnell persistió y poco después detectó un pulso claro que se repetía cada 1,3 segundos. Esto no fue una interferencia; era algo completamente nuevo.
Confirmación y escepticismo inicial
Ambos confirmaron la coherencia de la señal y descartaron explicaciones convencionales. No fue interferencia terrestre ni coincidió con ningún fenómeno astronómico conocido. Pronto identificaron señales similares de otras partes del cielo, lo que los llevó a publicar sus hallazgos en Nature. El anuncio desencadenó un frenesí mediático, alimentado por especulaciones sobre vida extraterrestre, que Bell Burnell recordó haber sido recibido con preguntas absurdamente sexistas por parte de los periodistas.
La comunidad científica se mostró inicialmente escéptica. Sin embargo, en 1968, el astrofísico Thomas Gold propuso la explicación correcta: las señales se originaban en púlsares, estrellas de neutrones ultradensas que quedan después de explosiones de supernovas. Estas estrellas giran rápidamente y emiten rayos de radiación enfocados como faros cósmicos. La desalineación de sus campos magnéticos con sus ejes de rotación crea los estallidos periódicos de energía detectados por el telescopio de Bell Burnell.
El desaire del Nobel y sus consecuencias
En 1974, Antony Hewish compartió el Premio Nobel de Física con Martin Ryle por el descubrimiento de los púlsares. Bell Burnell, el observador original y analista principal de los datos, fue excluido del premio. Esta omisión generó críticas generalizadas, y algunos llamaron a los premios “Premios No-Bell”.
La propia Bell Burnell aceptó el desaire con su característica gracia. Reconoció la ambigüedad de asignar créditos en la investigación, sugiriendo que los premios Nobel rara vez reconocen las contribuciones de los estudiantes. “No estoy molesto por eso; después de todo, estoy en buena compañía, ¿no?” Bromeó, aludiendo a otros investigadores pasados por alto.
La historia de Jocelyn Bell Burnell sirve como advertencia sobre la dinámica de poder en la ciencia y los sesgos sistémicos que pueden impedir el reconocimiento de los investigadores que inician su carrera, en particular las mujeres. Hoy en día, Bell Burnell es ampliamente reconocida por su trabajo y su legado continúa inspirando a astrónomos de todo el mundo. Recibió el Premio Especial Avance en Física Fundamental en 2018 y donó la totalidad del premio de $3 millones para financiar becas para estudiantes de física subrepresentados.






























