Cómo la bobina de Ruhmkorff provocó la revolución del alto voltaje

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El alto voltaje no siempre fue algo que se temiera detrás de un vidrio. Ante la red, ante el zumbido de los transformadores, hubo una chispa. Uno literal. Hasta tres pies de largo. Saltó por los aires en talleres parisinos, cortesía de un mecánico alemán llamado Heinrich Daniel Ruhmkorff.

No se propuso cambiar la física. Sólo quería hacer mejores máquinas.

Nacido en Hannover en 1803, Ruhmkorff comenzó como aprendiz. Aprendió el oficio a las malas, con grasa y engranajes. Luego se fue a Inglaterra. Allí trabajó con Joseph Bramah. Puede que no conozcas el nombre de Bramah, pero has visto su invento. La prensa hidráulica. Es lo que aplasta el metal para darle formas o levanta cargas pesadas con energía fluida. Ruhmkorff vio cómo funcionaba la presión. Se preguntó si la electricidad podría hacer un trabajo pesado similar.

Por qué era importante la bobina de inducción de Ruhmkorff

En 1855, Ruhmkorff abrió una tienda en París. Este no era un puesto tranquilo en un callejón. Se convirtió en el lugar ideal para cualquiera que necesitara aparatos eléctricos de primer nivel. Construyó bobinas de inducción que eran mejores que cualquier otra cosa en el mercado.

Este es el problema central que resolvió: ¿cómo se obtiene alto voltaje a partir de una fuente de bajo voltaje?

La respuesta de Ruhmkorff fue la bobina de Ruhmkorff. Usó un truco llamado inducción magnética. Enrolló alambre alrededor de un núcleo de hierro en dos capas distintas. El devanado primario recibió una corriente constante de bajo voltaje. El devanado secundario tenía miles de vueltas más de alambre más delgado. Cuando se interrumpió la corriente en el lado primario, el colapso del campo magnético indujo un pico masivo de voltaje en el lado secundario.

¿El resultado? Moscas. Chispas largas, fuertes, de color blanco azulado.

La bobina produjo chispas de más de 30 centímetros de largo.

Eso fue suficiente para encender tubos Geissler y tubos Crookes. Estos fueron los primeros tubos de vacío. Brillaban cuando la electricidad atravesaba el gas enrarecido del interior. Eran juguetes para los científicos, claro. Pero también fueron los antepasados ​​de todo, desde los letreros de neón hasta los rayos X.

De las chispas a la red moderna

El emperador Napoleón III se dio cuenta de esto. En 1858 entregó a Ruhmkorff un premio de 50.000 francos. Eso es mucho dinero para un mecánico. El premio reconoció que esto no era sólo un truco de salón. Fue una herramienta.

Las bobinas también se utilizaron para detonar dispositivos. La electricidad ahora podría activar cosas de forma remota y confiable. Pero el verdadero legado es más silencioso.

El diseño de doble bobinado de la bobina Ruhmkorff es el antepasado directo del transformador de corriente alterna. Cada vez que conectas un cargador de computadora portátil a la pared, estás utilizando un dispositivo cuyo linaje se remonta al taller de Ruhmkorff en París. Tomó el débil empujón de una batería química y lo amplificó hasta convertirlo en algo que podía saltar a través de una habitación.

Murió en 1877. Las bobinas seguían chispeando.

Ahora damos por sentado la conversión de voltaje. Pulsamos un interruptor, las luces se encienden. No pensamos en los núcleos de hierro ni en los devanados de cobre.