Un nuevo estudio en el que participaron más de 1.300 activistas sugiere que la agresiva represión legal del gobierno del Reino Unido contra los activistas climáticos puede estar logrando el efecto contrario al previsto. En lugar de disuadir manifestaciones disruptivas, el uso de arrestos, multas y sentencias de prisión parece estar radicalizando a los activistas y empujándolos hacia formas de acción más encubiertas y potencialmente más dañinas.
La psicología de la represión
La investigación, publicada en Nature Climate Change, destaca que el impacto de la represión estatal no es uniforme; más bien, depende en gran medida de la respuesta emocional de los manifestantes.
El estudio identificó tres trayectorias psicológicas distintas entre los activistas:
- Los insensibilizados: Aquellos que ya han sufrido arrestos, multas o vigilancia informaron sentirse menos temerosos de futuras acciones disruptivas.
- Los Galvanizados: Los activistas que anticipan la represión pero reaccionan con ira o desprecio tienen más probabilidades de intensificar su compromiso con futuras protestas.
- Los disuadidos: Un grupo más pequeño cuya intención de protestar se debilita debido a una mayor sensación de miedo.
“Cuando la gente empieza a sentir desprecio, tiende a sentir que ya no tienen que cumplir las normas y reglas”, explica la Dra. Nicole Tausch de la Universidad de St Andrews.
Este sentimiento de desprecio es un punto de inflexión crítico. Cuando los activistas sienten que el sistema legal es injusto, a menudo pierden su sentido de obligación de seguir las reglas sociales y ven al Estado como un adversario en lugar de un mediador.
¿De las barricadas al sabotaje?
Una de las implicaciones más preocupantes del estudio es el posible cambio en las tácticas de protesta. Los investigadores sugieren que a medida que las vías legales para protestas “pacíficas” pero disruptivas (como el bloqueo de carreteras) se criminalizan cada vez más, los activistas pueden avanzar hacia acciones encubiertas y destructivas.
Sunniva Davies-Rommetveit, también de la Universidad de St Andrews, señaló que la represión puede ser el principal factor detrás de recientes incidentes de sabotaje, como el corte de cables de Internet. Al cerrar formas legítimas (aunque disruptivas) de expresar el descontento, el Estado puede impulsar inadvertidamente movimientos hacia formas de acción directa más clandestinas y más difíciles de gestionar.
El contexto del Reino Unido: una brecha creciente
El Reino Unido se ha convertido en un foco de esta tensión. Los recientes cambios legislativos han limitado la capacidad de los manifestantes de utilizar “excusas razonables” o hechos relacionados con el clima como defensa ante los tribunales, y algunos se enfrentan a penas de prisión de hasta cuatro años.
La escala de aplicación de la ley en el Reino Unido es notablemente alta:
– Tasa de arrestos en el Reino Unido: El 17% de todas las protestas climáticas entre 2019 y 2024 resultaron en arrestos.
– Promedio Internacional: 6,3%.
Esta alta tasa de intervención coexiste con una desconexión significativa entre el gobierno y la opinión pública. Si bien una encuesta de la Universidad de Bristol encontró que el 68% del público británico desaprueba las tácticas disruptivas utilizadas por grupos como Just Stop Oil, hay mucho menos consenso sobre el castigo. Sólo el 29% del público cree que el encarcelamiento es la respuesta más apropiada, y muchos están a favor de multas o ningún castigo.
La postura del gobierno
El Ministerio del Interior sostiene que sus acciones son necesarias para equilibrar los derechos democráticos con el orden público. Un portavoz afirmó que si bien el derecho a protestar es fundamental, las manifestaciones no deben cruzar la línea y convertirse en “perturbaciones graves” o “intimidación”, y que la policía necesita poderes sólidos para gestionar ese desorden.
Conclusión
La investigación sugiere una creciente fricción entre el activismo climático y la aplicación de la ley por parte del Estado. Si el objetivo de la intervención legal es reducir la perturbación, la estrategia actual de fuerte criminalización puede ser contraproducente al fomentar una “identidad compartida” de resistencia y empujar a los activistas hacia métodos de sabotaje más extremos y encubiertos.





















